My Story

miércoles, enero 10, 2007

Capítulo 2

Lo piensas cada vez que estás triste o confundida: eres una persona que corresponde a otro tiempo y espacio.
Estos dos conceptos nunca fueron demasiado claros para ti, pero crees que serías más feliz viviendo en otra época y en otro lugar: tal vez como alguna poeta del siglo XVIII a orillas del Rin, alguna princesa azteca durante el florecimiento de Tenochtitlán, o alguna doncella medieval de aquellas que se escabullían en armaduras para salir a buscar dragones.
A veces crees que eres una adolescente que envejeció demasiado pronto y en otros momentos desearías ser un poco mayor para ver si así entiendes este mundo.

Te bajas del bus con tu cabeza tratando de asimilar la supuesta muerte del personaje que estuvo ahí toda la serie, bueno, estaba.
Cruzas la calle, entras por la puerta de la derecha, marcas tu llegada, subes al tercer piso, pasillo izquierdo, segunda puerta desde el recibidor, caminas recto hasta llegar al ventanal y a la derecha está tu escritorio. Es una rutina perfectamente programada que se repite todos los días a la misma hora con una exactitud que envidiarían incluso los alemanes.

Sobre el escritorio, la computadora, el monitor de 14" -que no te han cambiado por una pantalla LCD porque creyeron que no necesitas una-, y los artículos y bocetos sin terminar, se encontraban en una simetría casi perfecta, tal como los dejaste el día anterior. Desde que decidiste deshacerte de algunos artículos innecesarios, tu espacio se había vuelto mucho más limpio y aburrido; fue así como aquél sacapuntas de mesa con forma de sapo terminó en el fondo del cajón de "misceláneos", la foto de tu familia regresó al anaquel de vidrio en casa y el pisapapeles con forma de flor pisa ahora el fondo de la papelera. El único objeto que impide la perfección del escritorio y no encaja en este nuevo orden, es esa réplica del castillo de Camelot –Moldeada en resina acrílica y con detalles pintados a mano. ¡Hace a la vez de porta plumas, y la Excalibur se convierte en un práctico abre-sobres!-, te lo regalaron hace dos navidades y siempre a ocupado su puesto especial, no recuerdas porqué, arriba del teclado, pero sabes que es cuestión de días para que le toque acompañar a los pingüinitos de plástico, a esa piedra con forma extraña que encontraste en un paseo familiar y al "sapo pela lápices" en el solitario cajón.

La pequeña nota amarilla pegada en todo el centro del monitor recién se hace ver cuando te preparas a revisar las comunicaciones internas y los fowards en tu buzón de correo. Mientras se va abriendo el programa para los emails, despegas el papel del vidrio sin mucho cuidado y lees en letra manuscrita: "J/718, felicidad, cajón arriba derecha”. En ese momento no entiendes el propósito real de ese pequeño papel, pero al final del día, cuando llegues a casa a leer periódicos viejos y terminar el texto del semanal, verás que significaba mucho más para ti que para cualquier otra persona.
El mensaje no lo dejó ninguno de tus colegas; reconocerías la letra de aspecto tembloroso con la que fue escrita. Además siempre has sido la primera en llegar a la oficina, la primera en estar ahí cuando aún no hay nadie.
Jugueteas con el papel en tu mano derecha mientras observas fijamente el cajón de “arriba a la derecha”. Tienes serías dudas sobre lo que encontrarás adentro, pero no escuchas ningún tic-tic-tic-tic, no se está moviendo para nada y si fuera radioactivo, tu monitor ya estaría con colores distorsionados –haber leído novelas policiales parece dar un conocimiento especial en estos casos- así que parece que es seguro abrirlo. De todos modos, procuras mantener tu cara un poco lejos del escritorio por si llegase a explotar, y lentamente jalas la manija de metal hacia fuera.

Es exactamente como cuando toca abrir los regalos de Navidad: quieres saber con gran ansiedad lo que esconde el paquete, pero al mismo tiempo temes que lo que esté adentro llegue caducado, que le falte alguna pieza, que esté roto, que el color no te guste, que no sea de tu talla, que no tengas con qué combinarlo, que ya lo tengan todos, que se lo tengas que regalar a otra persona. Es así como te sientes cuando acercas tu cabeza a ver lo que había dentro del cajón, una vez que no reventó botando serpentinas o caramelos. Lo que encuentras adentro no es nada fantástico en comparación a aquella vez que encontraste ese abrelatas justo donde debía estar, o en lo absoluto milagroso, como cuando tu perro se comió alguna foto tuya y luego la recuperaste sin que ninguno de los dos sufriera daño alguno; de hecho, es algo tan ordinario y común, que cuando sacas ese bloc de apuntes, esa pluma plateada y otra nota que decía “Suerte. Disfrútalo” lo consideras “intrigante”.

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